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Desde que comencé a plantearme la posibilidad de emprender y crear mi propia empresa, hace ya 16 años, siempre he percibido una obsesión por parte de la Administración, de las escuelas de formación, los economistas y hasta de los medios de comunicación, por fomentar de manera indiscriminada la creación de empresas y por tener como meta empresarial el crecer siempre en tamaño.

Sin embargo también he percibido que se alerta muy poco sobre el riesgo de emprender  sin estar preparado ni disponer de las herramientas necesarias para ello, ni se explica qué diferencias hay entre la forma de gestionar una pequeña empresa, una mediana o una gran empresa.

Para comenzar, emprender no es para todo el mundo. Hay que estar muy motivado, preparado, tener una visión y algo que ofrecer y, por lo menos, intuir cómo hacerlo. Imagino que no soy el único al que se le encoge el corazón cuando repara en los comercios y negocios que cierran a los pocos meses de haber abierto sus puertas arrastrando los ahorros y las ilusiones de sus propietarios con ellos.

Hay que fomentar el emprendimiento, sí, pero no creo que sea la salida para todo el mundo. Hay excelentes profesionales que, por sus intereses y sus motivaciones , nunca serán buenos empresarios y decirle a todo el mundo que puede hacerlo y alentarles a ello es una osadía que raya con lo temerario y aboca a muchos pequeños negocios al fracaso.

Por otra parte es un mantra que escuchamos habitualmente que «en España necesitamos empresas más grandes en tamaño para enfrentarnos  a las crisis». Personalmente creo que no es de interés la distinción entre empresas grandes y pequeñas, sino la de empresas buenas y malas. Empresas innovadoras, comprometidas y creativas frente a empresas conformistas, inamovibles y acomodadas, independientemente de su tamaño, su localización y su sector.

Conozco muchas pequeñas y hasta microempresas que crean productos y servicios novedosos originales y que responden en todo momento (porque se adaptan) a las necesidades de sus clientes. De hecho son mayoría entre las buenas empresas de Alicante. Su flexibilidad y creatividad les permite adaptarse a los cambios y su «sentido de realidad» las convierte en un faro para sus clientes, que las buscan porque no solo les proveen bienes y servicios, es que piensan y actúan con ellos ayudándoles a ser también más eficaces y a alcanzar sus objetivos.

En lo relativo al empleo, otro tópico que se  expresa como una verdad inmutable es que trabajar en una pyme es peor que trabajar en una gran compañía, que las condiciones de trabajo y las posibilidades de realización profesional siempre serán peores. Mi experiencia, por el contrario, es que muchas pequeñas empresas ya están poniendo el bienestar de sus equipos como un objetivo tan importante como los resultados anuales e innovan en medidas de conciliación, formación, carrera profesional, participación en beneficios o salud laboral. En estas compañías los profesionales se pueden sentir más cercanos a la toma de decisiones y les es más fácil trasladar sus opiniones a los directivos. De esta forma se consigue aprovechar mejor su creatividad, su empuje y sus conocimientos y se refuerza el sentimiento de pertenencia y de realización.

En definitiva, hacen falta empresarios, pero también profesionales que hacen bien su trabajo y se centran en lo que son expertos, ofreciendo su conocimiento y su saber hacer a las empresas ya sea como empleados o como  proveedores externos. Es igual de necesario y de loable.

Andrés de España – CEO